Abandonamos Madrid pronto y sin comer, temiendo los posibles atascos. Excepto a la entrada a la N-VI desde la M-50 no encontramos ninguna retención, aunque sí una densidad de tráfico elevada. Después de comer pasado el túnel de Guadarrama, continuamos nuestro viaje hasta León, al área de servicio para autocaravanas a la que nuestro navegador nos llevó sin mayores problemas junto al río y frente a un mercadona. Había ya cuatro autocaravanas, la nuestra era la quinta y en la otra plaza libre había un turismo.

Llegamos mas pronto de lo previsto y como aún no había cambiado la hora, disfrutábamos de una buena luz aún y posiblemente tendríamos para una hora más, así que junto a nuestra compañera Tula, preguntamos por el centro y nos encaminamos hacia él.

Pronto nos adentramos por calles que nos condujeron en poco menos de 10 minutos a la catedral, que pudimos fotografiar con luz de día, y también con la luz de la noche. Compramos unos mantecados –que por cierto, no eran muy alla- y regresamos a cenar.

Cuando llegamos el número de autocaravanas se había multiplicado considerablemente. ¡Quien nos lo hubiera dicho hace tan solo 15 años!.

Tras cenar, disfrutamos de un tranquilo sueño roto sólo a las 7 de la mañana por algún vecino que arrastraba un cajón de plástico por el suelo.

Un poco después de las 9,00h pusimos rumbo a Asturias, no sin antes comprar pan para despreocuparnos. Entramos en la bonita zona leonesa de Luna y después en Babia. Ya la primera vez me impactó su belleza y encanto especial y me dije que tenía que venir con tranquilidad a conocerla, pero aún no hemos encontrado el momento de cumplir con esta intención y ahora era el momento de cristalizar un deseo expresado cinco años atrás, cuando por primera vez, entonces en primavera, conocí Somiedo. Entonces me dije que tenía que regresar para contemplar la explosión de colores del otoño, y el momento era ahora, ya que un prolongado verano y un otoño recién estrenado para ser noviembre, junto con el bonito puente de todos los santos, nos brindaban esta oportunidad.

Subimos el puerto de la Ventana disfrutando de las hermosas vistas de la parte leonesa y paramos arriba para regresar a una vieja mina de carbón en la que se pueden encontrar fósiles de plantas.


Y allí estuvimos un buen rato, entretenidos y disfrutando de lo que encontrábamos. Llenamos nuestra mochila y una bolsa de basura, que luego tuvimos que cargar hacia abajo, pero ilusionados con lo que habíamos encontrado. Nos quedaríamos con poco y regalaríamos el resto. Cuando descendíamos con la mochila cargada no pude reprimir los recuerdos de mi adolescencia en la que a los novatos que iban a la montaña por primera vez les metíamos cuando se descuidaban unas piedras en su mochila, piedras que cargaban montaña arriba hasta que se percataban de la broma

Se nos había hecho ya tarde y nos dirigimos a nuestro primer destino: el desfiladero de las Xanas.



Dejamos atrás rincones por los que habíamos estado cinco años atrás, con nuestros hijos que entonces tenían 17 y 14 años, y nuestra casi recién estrenada camper, en la que ahora viajamos solo los dos. Recordamos el aparcamiento de la senda del oso, donde pernoctamos una noche y contemplamos a grupos de gente que en bicicleta hacían el mismo recorrido que nosotros años atrás…y el tiempo era tan estupendo como en aquella primavera cinco años atrás.

Así, entre recuerdos y encajados en una preciosa garganta llegamos prácticamente sin darnos cuenta a las coordenadas del aparcamiento donde comienza la senda. Dejamos la autocaravana en un “apartadero” en la carretera, comimos e inmediatamente nos dispusimos a comenzar. La luz solar en estas fechas está limitada hasta la 19,30 y no nos debiamos descuidar.

Subimos unos 200 metros por la carretera hasta un cartel que indica el comienzo de la senda hacia el desfiladero de las Xanas, a nuestra derecha, y que sigue subiendo hasta dejarnos al borde de una estrecha y profunda garganta cuyo fondo no se ve.

Un túnel anuncia la entrada a este mágico lugar donde los precipicios comienzan a ser de vértigo. Realmente es espectacular. El camino discurre prácticamente colgado de una ladera de este estrecho con una caída casi vertical. Se va ascendiendo muy suavemente dejando siempre a nuestra derecha este profundo precipicio en el que solo a veces se deja oir el rumor del agua.

Atrás dejamos las pequeñitas casas de Villanueva que poco a poco van desapareciendo y nos vamos internando en este mágico desfiladero, como su nombre indica, ya que las xanas son seres que pertenecen a la mitología y que viven en cuevas, fuentes y orillas de ríos. Son pequeñas y muy bellas de cabello rubio y largo que se sujetan con una cinta de perlas o de flores. La mayoría están encantadas y poseen muchos tesoros haciendo ricos a las personas que las desencanten.
Cuidan del ganado e hilan madejas de oro que regalan a pastores y aquellos que las ayuden. Tienen hijos y raptan al os hijos de los aldeanos y en su lugar dejan a los suyos, los “caninos” para que los alimenten. Precioso mito y que encaja perfectamente con este lugar.


Desde luego, es lugar es espléndido. En la primera parte predomina una vegetación rupícola y algunos árboles crecen en lugares tan inverosímiles como fantásticos. Algunos parecen suspendidos en el vacío jugueteando contra la ley de la gravedad.
El sendero se va dibujando en la ladera de la montaña saliendo de este estrecho para internarse en un espeso bosque de hayas y castaños. Aquí nos rodea una espesa vegetación y los erizos de las castañas cubren el camino. Algunos de ellos, recién abiertos, han sido ya despojados por los caminantes de los frutos de su interior. Nosotros conseguimos recoger algunas.

Aquí ya nos cruzamos con algunos grupos de senderistas que regresan.

Disfrutamos de esta espesa vegetación: sauces, olmos, hayas, castaños, avellanos…que convierten los bordes del camino en casi un jungla de troncos. Aquí ya circulamos con el río Regueiru, afluente del Trubia, a nuestra izquierda disfrutando de su canto particular.

En un punto el camino se bifurca: el brazo izquierdo parece dirigirse paralelo al río y el brazo derecho asciende por rústicos escalones de palo que a mi juicio dificultan la marcha, ya que son amplios y lo que yo suelo llamar “escaleras de cojo” –siempre la subida coincide con el mismo pie-, por lo que prefiero buscar los laterales y salvar estos enormes peldaños.

Subimos algunos repechos de considerable desnivel y bajamos otro de igual característica por lo que me duelen las patitas al pensar en la vuelta. Este final
quizás se nos hace un poco largo, pero enseguida salimos a un territorio abierto de prados que asciende hasta una ermita custodiada por un tejo centenario.

Varios grupos de personas reposan tumbados o sentados disfrutando de sol y de unas hermosas vistas. Estamos ya en Pedroveya. Decidimos tumbarnos un poco a descansar antes de regresar, pero esta vez, observamos que la gente desciende por los prados en línea recta y aunque tienen una pronunciada pendiente, nos llevan directamente y en muy poco tiempo al río y a la bifurcación. Hemos salvado esos terribles desniveles que nos podíamos encontrar si hubiéramos regresado por el mismo camino de ida.

De nuevo ya en el sombreado y fresco bosque, continuamos nuestro regreso, prácticamente solitario a estas horas, aunque no dejamos de cruzarnos con algún grupo reducido de excursionistas que inician a estas horas su marcha.
Hemos tardado unas tres horas, con descanso incluido y salvado unos 300 o 400 metros de desnivel. Regresamos a la auto y nos disponemos a buscar un sitio para dormir.

Habíamos localizado algunos, uno en un área recreativa, pero en la carretera, y otro en un sitio que no era muy agradable. Como estábamos cerca del aparcamiento de la senda del Oso, allí nos dirigimos. Es un sitio agradable, llano y tranquilo. Había ya más de media docena de autocaravanas y campers. Nos dispusimos a descansar antes de cenar. Y en esto estábamos cuando de pronto comienzo a oir un “chunta-chunta”. Sorprendida salgo –en zapatillas- y confirmo que es la furgoneta de al lado. Así que como más vale ponerse una vez colorada que ciento una amarilla, quitamos los oscurecedores y nos cambiamos de lugar. ¡Lastima que no quedaba un rincón solitario! Así ni me molestan, ni yo molesto.

No obstante ese hecho, el segundo en el segundo día, me hizo reflexionar sobre los cambios que se están produciendo en este mundillo nuestro.

La luz de aparcamiento permite admirar la impresionante bóveda nocturna, iluminada con millones de estrellas y en la que se distingue perfectamente nuestra Vía láctea. Cielos así son ya difíciles de ver, así que con una temperatura muy buena, disfrutamos de espectáculo antes de irnos a dormir.

La mañana es espléndida: brilla un sol precioso que ilumina los colores que nos rodean. Nos disponemos a ir a Valle de Lago y después de tomar nuestro desayuno y tempranito, ya que pese a haber cambiado la hora, nosotros seguimos funcionando con la antigua, ponemos proa hacia Pola de Somiedo.

La carretera sigue discurriendo por una estrecha y bella garganta cuando de pronto, donde las paredes parecen tocarse, nos topamos con un…¡autobús!. Es evidente que los dos no cabemos, y que soy yo la que tengo que dar marcha atrás, así que nos vemos obligados a hacerlo, lo que en esta retorcida carretera tiene su dificultad, unas cuantas maniobras, unos grititos por aquí y otros por allá, algunos nervios más y cuando el autocar tiene sitio, pone la primera y desaparece, dejándonos con “caras de haba”.


Enfadados con nosotros y preguntándome porque estos monstruos transitan por aquí, llegamos a Pola de Somiedo y enseguida comenzamos la ascensión de una ladera con cuatro o cinco curvas que cambian de sentido en una estrecha carretera. Mi camper necesita todo el ancho para poder girar. Una vez finalizada esta ascensión y las curvas, la carretera casi plana continua internándose en este precioso valle. La visibilidad es en general buena, por lo que en caso de cruzarnos con otro vehículo, tendremos tiempo de echarnos a un lado. Pero la cosa se complica en Valle de Lago. La carretera que atraviesa la localidad deja paso UNICAMENTE a un vehículo, por lo que hay que cruzar los dedos. Tuvimos suerte y tan solo nos cruzamos con dos turismos que nos vieron y cedieron el paso amablemente.

Y respirando profundamente, llegamos a un ensanchamiento de la carretera donde está el aparcamiento encajado en este precioso valle. Las plazas iniciales tienen tamaño suficiente para una autocaravana, así que aquí decidimos quedarnos. Maniobramos para ocupar exactamente nuestra plaza, ni más, ni menos, y la autocaravana de al lado, se mueve para imitarnos. No obstante, un poco más adelante hay una perfilada que ocupa cuatro o cinco plazas. Esto me enoja y no puedo evitar acercarme a pedirles por favor que se coloquen ocupando tan solo una, lo cual hacen sin mayores problemas. Todavía me pregunto cómo ha llegado este bicho hasta aquí. Pero siempre lo hago cuando lo paso mal con mi camper de 5,60 de longitud y 2 de ancho y cuando llego a mi destino veo bicharracos de casi 7 metros…

En un día espléndido en el que luce un sol que ilumina todo el valle destacando las distintas tonalidades del verde, nos preparamos para hacer la ruta que nos lleva al lago del valle.

Hace cinco años estuvimos en los lagos de somiedo que están en la parte de arriba, y a nuestros pies contemplamos este valle y su lago. Ahora era el momento de completar la ruta.


No deja de llegar gente e igual que en una romería, iniciamos nuestro camino con un ancho camino que se abre paso por el valle en medio de verdes prados donde pastan unas hermosas y sanas vacas. Tenemos el sol de frente, lo que resulta algo molesto.


A nuestra derecha, los colores del otoño de lo que parece un bosque de hayas. En un momento determinado el camino se bifurca y uno, el de la izquierda, parece ascender hacia los lagos. Nosotros continuamos llaneando hasta que aparece otra bifurcación con unas señales que indican “hacia el lago por zona de sombra o hacia el lago por zona de sol”, y haciendo caso a los consejos, elegimos por la zona de sombra.





En un recodo del camino asoma un teito, cuyo techo aparece arreglado en una parte. Nos acercamos y disfrutamos de la hermosa vista de un pequeño grupo de ellas, bastante distantes entre sí, en medio de un hermoso prado donde pastan las vacas apaciblemente. La vista es espectacular y se extiende por todo el fondo del valle enmarcado por las cimas de las cumbres.

Inmediatamente el camino asciende a veces en pronunciada pendiente internándose en un hermoso bosque de hayas que ahora, en otoño, presenta unos colores que van desde el rojo hasta el amarillo y verde abarcando una amplia gama de tonalidades.

Continuamos nuestra lenta ascensión diciéndonos que nos habían engañado ya que el itinerario leído dice que este camino es más largo, pero con pendientes menos pronunciadas, mientras vemos el camino que serpentea por el centro del valle y que parece discurrir por zonas planas.


Pero no importa. Realmente el bosque de hayas está espléndido. Son mis preferidos, pero en otoño es todo un lujo poder disfrutar de toda la infinita gama de colores que presenta cada una de las hojas de las que las hayas se están desnudando ya. El suelo está cuajado ya de ellas y de sus frutos, los hayucos. Los troncos, retorcidos algunos y cubiertos de musgo forman intrincados laberintos por los que se cuela la luz del sol. Son mágicos. A veces parece que vaya a salir algún personaje fantástico de ellos…

Al salir del bosque llegamos a otro teito colgado en la ladera de la montaña donde el camino continúa hacia abajo, hacia el valle, y también hacia arriba.

Pienso que posiblemente el de arriba nos lleve a una braña y después de consultarlo con Angel, nos dirigimos hacia allí pensando que estaría cerca. Pero la ascensión, aunque por una ancha pista, es dura y lenta.

Llegamos a otro pequeño teito y una zona llana donde nos encontramos con una pareja a quienes preguntamos por la braña que dicen desconocer y a su vez ellos nos preguntan por el nacimiento del río Sil. Me sorprende la pregunta y muestro mi completo desconocimiento y ellos su sorpresa cuando les decimos que estamos en Somiedo, y se dan cuenta de que están Asturias. Entonces les pregunto que de donde vienen y dicen no recordar exactamente el nombre, pero que vienen de León, que se han despistado, pero que tienen todo el día para andar.


Deciden bajar a ver el lago del que le hablamos. Nosotros estábamos ya cansados y ellos, que aparentan tener más edad que nosotros, ni se han “despeinado”. ¿Cómo es posible?. Yo practico habitualmente deporte y andamos prácticamente todos los días por el monte entre 40 minutos y una hora. Y no aguanto un paseo cuya dificultad viene catalogada como baja. En fin. La disculpa podría ser la edad, pero esta pareja me la desmonta

En nuestra contemplación de la zona, aparece otro grupo de jóvenes excursionistas a quienes preguntamos por la braña. Nos indican donde está (“allá, arriba, detrás de esa loma, a tan solo un kilómetro y medio”). ¡Madre mía! Kilómetro y medio hacia arriba…celebramos “cónclave” y decidimos regresar sobre nuestros pasos. La hora, entre otras cosas, nos obliga a ello ya que no llevamos nada de comida y son las 13,30 –14,30 de ayer-.

Cansinamente continuamos una estrecha senda que discurre por la falta de la montaña desnuda de vegetación para caer al lago, a nuestra izquierda. Este último tramo se me ha hecho especialmente largo. Y más cuando nos cruzamos con la pareja que viene de vuelta del lago. Nos saludan animadamente y nos dicen que el lago es bonito y que ya se acuerdan de donde vienen: de La Cueta, en Babia, al otro lado del Puerto de Somiedo!. Ahora parece que cargo con más años aún y que mis piernas son columnas de plomo…

Pero finalmente llegamos. Si no fuera por que hay bastante gente, el silencio sería total. El lago está cerrado por un circo de montañas y el lugar es hermoso, pero no más que el camino.


Decidimos descansar un rato, que Tula aprovecha para no dejar bicho que se mueva (saltamontes, mariposas, …) tranquilo. Lo caza y se lo come. No llevamos ningún cacharro para que beba, pero es una “todoterreno” y toma el agua de nuestras manos.



Obligados por la hora, iniciamos el regreso, por parte opuesta del lago a donde estamos. L a ancha y cómoda senda desciende pronunciadamente al principio, dificultando mucho la llegada de los cansados caminantes. Ahora me alegro de haber ido por la otra senda, porque, efectivamente, la ascensión es más suave por allí.


El camino se dibuja hacia el fondo dejando a ambos lados verdes prados iluminados por un hermoso sol y donde las vacas pastan apaciblemente. Todo invita a la serenidad, a la paz.



Luego llegamos a la zona de los teitos donde hay uno especialmente bonito. Y tras hacer una breve parada para admirarlo –para mí tienen un encanto muy especial-, continuamos nuestro camino hasta que llegamos, muy cansados, a la autocaravana. Hemos estado casi cinco horas andando.



Comemos y yo, literalmente, casi me desmayo en la cama. Había pensado acercarnos por la tarde a hacer otra pequeña senda de tan solo hora y media, pero desistimos de ello. Así que dedicamos la tarde a leer, darnos una buena ducha y descansar. No obstante, salimos a dar un breve paseo por Valle de Lago, donde la visión de un grupo de caballos que en fila india subía a la braña Soussa, venció mi resistencia inicial a darme un paseo en caballos algo viejos, no muy limpios, con montura vaquera y dejando a Angel solo. Pero el destino quiso que no quedara ningún caballo que galopara, bien por viejos o porque no sabían. Y es que lo menos arriesgado para llevar neófitos a caballo, que no dejan de dar patadas a sus monturas y que cuando éstos se arrancan, les tiran de las riendas, -en el mejor de los casos, cuando no combinan ambas órdenes a la vez- son pencos que no sepan o no puedan galopar…Así que resignadamente regresamos a la auto a esperar la noche –yo creo que Angel, además, aliviado.


El resto de las camper y autocaravanas que había nos fueron abandonando lentamente hasta quedarnos prácticamente solos, acompañados únicamente por una monovolumen que pasó la noche allí. Entonces, en casi soledad, no me sentí molestada por nadie y la noche y la madrugada transcurrió en completo silencio, solo roto por el sonido de los cárabos.

Por la mañana unas violentas ráfagas de viento bambolearon la autocaravana, pero el día era también luminoso. No obstante, decidimos comenzar nuestro regreso para llegar a casa a la hora de comer. Así ascendimos por el puerto de
somiedo y bajamos hacia Babia.

Lo único reseñable es que después del túnel de Guadarrama nuestro viejo navegador se quedó en estado “catatónico” y no dejaba de indicar en la pantalla la salida a 45 km para tomar la M-50. No obedeció a nada, ni al apagado, ni a un reseteo parcial, ni al total, y tuve que dejar que la batería se agotara. Cuando la encendí no conseguí que la pantalla pasara de la “alineación”, así que una vez en casa, se lo conté a mi mago particular “GePSero” a quien, como siempre, le faltó tiempo para prestarme su inestimable ayuda e intentar arreglarla, lo que tengo que decir que consiguió en menos de dos horas ¡increíble!. ¡No se le resiste ninguna!. Desde aquí….GRACIAS, JESÚS, por tu sabiduría, tu disposición y tu generosidad.








MªAngeles del Valle
Boadilla del Monte, Noviembre de 2011